Los amigos del Partido Nacionalistahan presentado una denuncia muy seria respecto a una serie de deficiencias en ortografía y sintaxis en los textos escolares que reparte el Ministerio de Educación. Por mí, que quemen al editor responsable de esos libros, junto a su corrector de estilo.
Lo que me llama la atención es que en su nota informativa, los “asesores de prensa” nacionalistas cometen un error peor que el que originó la denuncia. Hablan de Carlos Noriega, el astronauta nacido en Lima, y dicen que ahora él es “nacionalizado norteamericano o de nacionalidad americana”.
¿”Nacionalizado norteamericano”? Entonces, ¿Noriega es de Canadá, Estados Unidos y México al mismo tiempo? ¿Hizo los trámites de nacionalización ante la embajada “norteamericana” en Ottawa, Washington, Ciudad de México? ¿Canta el himno nacional de Norteamérica?
¿”De nacionalidad americana”? Pucha, no me salgan los nacionalistas con el rollo de que solo los gringos son americanos. Personalmente, me siento más americano que Bruce Willis y Peter Parker. ¿Acaso tengo que vestir el uniforme camuflado del U.S. Army para que en África me llamen “americano”?
La discusión respecto al uso del término “americano” es antigua y estoy seguro de que el presidente Chávez podría zanjarla en dos patadas, mirando fijamente a los ojos de “George Doble Bush”, como alguna vez el dignatario venezolano llamó al entonces presidente de Estados Unidos. Aquí, algo huele a azufre.
Pero, volviendo al tema de fondo, es una lástima que miles de libros oficiales se publiquen con tantas imperfecciones. Lo otro es anécdota. Me apena también que el buen viceministro Idel Vexler quiera minimizar el asunto, diciendo que no son libros principales sino material de apoyo.
Bien harían las autoridades de Educación si pidieran a todos los maestros del país que iniciaran sus clases discutiendo el tema con sus alumnos: “Queridos niños, los libros que tienen en sus manos están plagados de errores. Vamos a revisarlos, para que ustedes nunca metan la pata de esa manera.”
Apuesto mi menú de mañana a que todos los escolares que analizaran esas faltas con apoyo de sus profesores, no las cometerían nunca en sus vidas. Sería una buena oportunidad para debatir sobre el “plancton” y los “náufragos” de la política local. En cualquier caso, estamos en la casa del jabonero.
La memoria del hombre es selectiva. En el equipaje mental guardamos sobre todo lo útil. Aquello que nos desagrada, lo que nos causa cierta molestia, pasa a un segundo plano, al limbo que precede al olvido. De estos doce meses, me quedo con la sonrisa de mis hijos: el diploma de Daniela en la clausura de su año escolar; el pulgar levantado de Juan Pablo, la alegría de Álvaro por haber aprendido a leer.
Para mí, este año me dejó unas de cal y otras de arena. Como no sé si las buenas son las de cal o son las de arena, diré simplemente que logré las tres metas que me propuse el 31 de diciembre de 2008. Las malas vinieron por el lado del diario. El proyecto que trabajamos en equipo y al que dedicamos numerosas reuniones de planificación, se frustró en el camino. En todo caso, después coordinamos.
Esta noche, haré otros tres compromisos de fondo, para recordarme siempre que la vida es para vivirla, pero sobre todo para lucharla.
El mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee, advierte el semiólogo italiano Umberto Eco. Lo que ocurre con los diarios es parecido: en todo el planeta, ejércitos de periodistas dedicamos jornadas valiosas a producir información para un público al que consideramos masivo, pero cuyos intereses están cada vez más segmentados y alejados de la parte de realidad sobre la cual se enfocan los reflectores de la prensa.
Con índices de lectoría en picada y resultados de distribución y venta poco atractivos para las agencias que deciden el reparto de la torta publicitaria, los diarios jugamos nuestras últimas cartas al “valor agregado” que sugieren los expertos en mercadeo. Y, así, terminamos vendiendo discos, novelas, recetas de cocina y carros en miniatura. “Usted compra su coleccionable y el periódico le llega de cortesía.”
¿Qué falló con los diarios: el emisor, el mensaje, el receptor? La respuesta sale en paquete. El público cambió para siempre con la irrupción de la televisión. Tarde o temprano, el “homo videns” de Giovanni Sartori será la especie dominante sobre la Tierra; ese ser que lee pero no comprende, que mira pero no piensa, porque terminó por amoldarse a la comodidad de una imagen que no le exige ejercicios de abstracción.
Varió también el mensaje, principalmente en sus formas. En menos de medio siglo, el texto dejó de ser el referente de verdad, para convertirse en vehículo de opinión. El video es la realidad, la palabra es la reflexión. En esa suerte de división natural del trabajo informativo, a la prensa le ha tocado la parte más engorrosa: motivar el pensamiento crítico en un público que no quiere leer, por pereza o por involución.
Lo que no ha cambiado mucho es la visión que tiene el emisor-periodista sobre sí mismo. Muchos de los colegas no terminan de procesar su propia condición de pieza menor en la maquinaria de las noticias. Y siguen pensando que los problemas se resolverán con un poco más de ingenio para crear contenido multimedia, con más fotografía digital y recursos tecnológicos para armar portales algo más vistosos.
Pero aun los escépticos y apocalípticos de la comunicación aceptarían que la convergencia de medios y su potencial pueden dar pistas para superar el estado de coma en que se encuentran muchos diarios. Otra alternativa es el reenfoque de contenidos, proceso en que el periodista Mark Briggs tiene acumulada cierta experiencia. “La siguiente frontera de la comunicación es local”, vaticina el profesor del Knight Center.
Hay tal cantidad de datos circulando en la red que la gente no tiene capacidad ni tiempo para absorber una oferta de esas dimensiones. Y, entonces, el periodismo encuentra una veta para proyectar su labor, sobre la base de referentes locales que le darían sentido y utilidad a sus informaciones. Si hace un año el grito de batalla era el “block to block”; hoy todo hace sospechar que podría ser el “door to door”.
¿Cuál será el desenlace de esta novela? Por lo pronto, más bajas en las filas de los periódicos. En segundo término, más publicaciones electrónicas sin costo para el usuario. Tercero, menos lectores, indudablemente. Y por último, más cursos en línea para aprender periodismo digital. Como si la respuesta a la crisis viniera por el lado del diseño y no desde una más consistente definición de contenidos. Hagan sus apuestas.
Al final de mi infancia, la tierra todavía era plana. En 1972, llegamos de Chincha en el Ford amarillo de mi papá para instalarnos en San Felipe, y cinco años más tarde mis conocimientos de geografía aplicada llegaban solo hasta los maizales de Carabayllo por el este, y a la invasión de San Carlos por el oeste.
Por el norte, mi hermano Lucho, mis amigos del jirón Paita y yo, alguna vez incursionamos en las chacras donde después se levantaría la urbanización Tungasuca; y por el sur, el horizonte se recortaba en los cerros de Collique con sus murallas preincas, junto a la avenida Túpac Amaru.
Nuestro barrio terminaba a dos cuadras de mi casa, en un descampado donde los choferes de la línea 78 instalaron su último paradero. Esos buses pintados de rojo, con franja blanca debajo de las ventanas, eran la única posibilidad de contacto con el centro de Lima y cubrían la ruta Comas-Dos de Mayo en una hora con diez minutos.
Hasta hoy no sé por qué, pero en San Felipe todos los domingos eran soleados. Mi mamá fue la primera en notarlo, así que invitaba a mis tíos a que nos visitaran precisamente esos días. Los fines de semana no teníamos más obligación que hacer las tareas escolares y nos quedaban las tardes libres para disfrutar a nuestras anchas en el patio del fondo, en el segundo piso, o con los amigos que vivían cerca al Colegio 2049.
Un manzano y un palto crecíanen el jardín posterior, y una acacia y un caucho de tronco grueso adornaban el jardín delantero. Además, mi papá había sembrado una buganvilla que floreaba de fucsia intenso a un costado de la cochera. Teníamos una campanilla, un cardenal, un jazmín y un floripondio, orejas de elefante, costillas de Adán, hierbaluisa, siemprevivas y helechos. Atrás, una parra daba sombra y racimos de uva sobre un patio de piso rojo, donde armamos dos columpios con soga y asientos de madera. Allí mismo, alguna vez cultivé nabos y rabanitos.
Por varios años, nuestro televisor fue el mismo que nos acompañó en la mudanza Chincha-Lima: un rectángulo de madera con cuatro patas oblicuas, una pantalla verdosa y dos perillas del tamaño de una mandarina, una para cambiar los canales y otra para graduar el volumen. La marca del aparato no la recuerdo; lo que no olvido nunca es que sus imágenes eran en blanco y negro y que funcionaba una vez a las quinientas.
Algunas tardes, conversando con mi hermana Patricia y mi mamá en la casa de Santa Isabel, nos hemos preguntado si no habrá sido por ese bendito aparato y sus fallas permanentes que todos nosotros salimos tan buenos alumnos en el colegio. Mi hermana Camucha es imbatible en todas las materias; Lucho es genial en matemáticas, lo mismo que Patty. Humildemente, yo me defiendo en todo aquello que no es ciencias y que la gente, para abreviar, prefiere llamar simplemente “letras”.
Por culpa de ese maldito televisor,por ejemplo, nunca pude participar con seguridad en las conversaciones de mis amigos sobre las aventuras de Marco, la adaptación en dibujos animados de una de las historias de la novela Corazón. De todos los capítulos de media hora que transmitió el Canal 5 con sintonía total por los años 70, nosotros habremos visto completos no más de cuatro.
Cuando tratábamos de regular los tonos claros y oscuros para apreciar mejor las imágenes, aparecían rayas horizontales que malograban todo. Cuando lográbamos estabilizar el cuadro, se iba el sonido. Y cuando recuperábamos las voces, la pantalla se partía en dos e invertía la imagen, de modo que veíamos los zapatos arriba y los pelos abajo. Cuando resolvíamos todas esas deficiencias, el programa había terminado.
Al pobre armatoste le hacíamos cosas con alicates, desarmadores y alambres. Sin embargo, puedo decir con orgullo que nunca recurrimos al método del martillazo.
Con la astucia adquirida en sus años de maestra rural, mi mamá nunca mandó a arreglar en serio ese televisor. Venía un técnico, destapaba la máquina y pedía que compráramos repuestos para reemplazar los tubos quemados. Mi mamá recibía el papelito con las indicaciones y respondía: “Lo llamaré cuando haya comprado las piezas nuevas.” Nunca llamaba.
Así pasamos varios años, aplicando una variante del evangelio de San Mateo: “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el televisor.” Nuestras noches no eran de telenovela sino de conversaciones. Teníamos libros por toda la casa y los revisábamos tendidos de barriga sobre los vinílicos de la sala. Escuchábamos la radio, contábamos cuentos de fantasmas y recorríamos continentes con la imaginación, volando sobre los mapas de un Atlas gigante de tapa dura, que vino de regalo con la enciclopedia Temática de catorce tomos.
Gracias ese aparato de cuatro patas, yo no vi Marco en dibujos animados, pero sí leí “De los apeninos a los andes” –más emotiva, más dolorosa, más contundente– en las páginas de Corazón, contada en palabras del propio Edmundo de Amicis. Con mis hermanos pasó lo mismo: cada uno aprovechó a su manera aquellos tiempos de sequía televisiva.
En Buenos Aires, hace un par de años, cuando visité Caminito con María Ynés, los murales sobre inmigrantes italianos cerca del puerto me transportaron a la historia de Marco y su mono, a mi viejo televisor blanco y negro, a la mirada de mi mamá. Y aterricé como por arte de magia en mi infancia en San Felipe, cuando la tierra era todavía nueva e inevitablemente plana.
En la radiografía de la salud públicaen el Perú, la sombra del cáncer se expande sin remedio ni solución a la vista. Solo este año, 12 mil personas fueron diagnosticadas con diversos tipos de linfomas, sarcomas y carcinomas, según estadísticas del Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas (INEN).
Una vez más, las matemáticas pueden ayudarnos a visualizar la dimensión del problema: 12 mil casos al año equivalen a mil por mes; a 33 por día y a 1.38 nuevos casos por hora. Cuando termine de escribir este post, al menos una persona recibirá la demoledora noticia: “Tienes cáncer”.
Los médicos del INEN y su director, el ex ministro Carlos Vallejos, se esmeran en promover campañas de información. “El cáncer no se cura, pero puede prevenirse”, es su lema de batalla. Por ahora, solo piden más presupuesto para descentralizar su instituto y abrir filiales en Junín y Loreto.
¿Por qué son importantes las sedes regionales? Primero, porque el cáncer ya alcanzó niveles de pandemia y no hace distinción entre capital y provincia, ni entre zona rural y sector urbano. Y segundo, porque el traslado de los enfermos a Lima eleva los costos de un tratamiento de por sí sumamente caro.
Además, el soporte de la familia suele jugar un papel clave en la recuperación de los pacientes. Transitar el post operatorio después de una gastrectomía total es una cosa cuando tienes a tu esposo y tus hijos al lado; y es otra completamente diferente si sólo te atiende un técnico en enfermería cada cuatro horas. Para quien debe enfrentarse al cáncer,las palabras más difíciles de escuchar en la boca de un médico son seis: “Ya no hay nada que hacer”. Las más alentadoras, en cambio, son tres: “Vas a curarte”. Si en la ruleta oncológica te toca esta segunda opción, dale gracias a Dios y pon todo de tu parte.
Sin embargo, no es buena idea dejar las cosas en manos de la suerte. Si tienes brevete, sabes que lo mejor es manejar a la defensiva para evitar accidentes. Del mismo modo, en el terreno de la salud, lo mejor es asumir estilos de vida sana. La información está disponible por todas partes.
El doctor Vallejos propone que se fije en 60% el impuesto a los cigarrillos, lo cual encarecería el tabaco pero difícilmente frenaría su consumo. Y es que en la lógica de algunos fumadores, quienes no nacieron con genes cancerígenos no desarrollarán la enfermedad ni aunque se fumaran un container repleto de puros.
Cuatro años y cuatro meses después de mi propio diagnóstico, lo único que puedo recomendar a mis amigos es que se hagan un chequeo periódico. Las molestias de un control oportuno son nada en comparación con las penurias de un caso perdido.
Acompaño este post con la foto de unos plátanos sembrados en el sétimo piso de un edificio en el corazón de Miraflores. En principio, se me ocurrió que el ocupante de ese departamento sería un estrafalario amante de las plantas. Ahora, le otorgo el beneficio de la duda y pienso que quizás se trate de alguien que solo espera respirar un poquito más de oxígeno, en una ciudad invadida por el smog y el caos.
Con el solsticio del 21 de diciembre,en tres semanas comenzará lo que podría ser el último verano de Ancón. En esta pequeña bahía al norte de Lima –el balneario más exclusivo de la capital en la década de 1970—, la empresa Santa Sofía espera una licencia para iniciar la construcción de un puerto en el primer semestre del próximo año.
A juzgar por lo que se dice en la prensa y lo que se lee en Internet, la población anconera parece estar dividida. La mayoría se opone a la construcción del puerto; pero hay también quienes están a favor.
En la esquina verde, pescadores artesanales, propietarios de edificios con penthouse, pequeños comerciantes y veraneantes nostálgicos hacen causa común para enfrentarse a la operadora portuaria del poderoso grupo Romero.
En la esquina roja, una asociación de micro y pequeños empresarios se pone en línea con Santa Sofía, para reclamar las oportunidades de “trabajo digno” que sus miembros dicen no haber tenido nunca y que creen encontrarán con la llegada de buques cargueros, grúas y camiones de gran tonelaje.
En su página web “No al puerto de Ancón”, los defensores del esquema balneario hacen advocacy. Se quejan del peligro de contaminación marina y presionan para que las autoridades del Gobierno no den luz verde a la obra. Su argumento es la conservación; su demanda es el respeto por la naturaleza; y su objetivo es mantener la bahía tal como está ahora.
Los promotores de la página “Sí al puerto de Ancón”, en cambio, apuestan por la contundencia de las cifras y aseguran que el puerto generará 320 empleos directos y mil indirectos en su etapa de operación, de aquí a dos años.
“Es decir, los pobladores de Ancón podrán tener sus propios negocios, como bodegas, restaurantes, se impulsará el turismo, habrá más pasajeros para los mototaxistas, entre otros, pues habrá mayor movimiento comercial”, aseguran, con la lógica del bulldog que espera tranquilo a un costado de la mesa, confiando en que en algún momento sus amos lanzarán el hueso con hilachas de carne.
Aprovechando los recursos de la fotografía satelital, los contrincantes han proyectado a su manera lo que sería Ancón con el puerto clavado entre sus aguas.
La gente del “Sí” colocauna inofensiva “T” de color amarillo sobre el sector norte de la bahía y jura que los diques, los rompeolas y los espigones no afectarán la pesca artesanal, los deportes acuáticos ni las actividades de veraneo.
La oposición –llamémosla así, a tono con la jerga política— considera que todo eso es mentira y que los promotores del puerto, con su pequeña “T” en yellow, ocultan la verdadera magnitud de las obras. Según el boceto “La realidad”, las operaciones portuarias ocuparán casi del 50 por ciento de la bahía, hiriendo de muerte a la pesca, la regata y el descanso de verano.
Para no chocar de nariz contra la población, la empresa del grupo Romero prefiere jugar sus cartas a un estudio de impacto ambiental que, eventualmente, demostraría que el puerto no causará contaminación ni afectará la pesca.
Una vez más, conservación y desarrollo encuentran una nueva “Bombonera” para medir fuerzas. Es cierto que el desarrollo y el capital no tienen por qué ser sinónimo de destrucción, pero eso ocurre cuando el Estado asume su papel de mediador y garante del cumplimiento de las normas ambientales.
Con aires de lejanía entre quienes disfrutan sus vacaciones en el sur, y de incredulidad entre quienes alguna vez fuimos asiduos de sus playas, lo peor que puede ocurrirle a esta bahía es la indiferencia. Ojalá que no sea éste el último verano de Ancón.