jueves, 16 de abril de 2009

“La gente no lee más allá de lo obligatorio”


ENTREVISTA A ERNESTO YEPES DEL CASTILLO, SECRETARIO EJECUTIVO DE PROMOLIBRO


Tómese medio minuto para responder esta pregunta: “¿Cuántos libros leyó usted durante 2008?” Si su respuesta es: “Hmmm… ¡dos!”, no se sonroje ni se amilane: aun así, usted está por encima del promedio del país. Ernesto Yepes del Castillo es secretario ejecutivo del Consejo Nacional de Democratización del Libro y Promoción de la Lectura (Promolibro) y me concedió la siguiente entrevista a mediados de marzo. Utilicé los conceptos principales en el artículo que escribí para El Peruano, pero buena parte de las respuestas se quedó sin publicar por falta de espacio.



Los indicadores de lectura en el país son preocupantemente bajos ¿Por qué es tan difícil convencer a la gente de la importancia de la lectura?

-- Porque leer es un proceso complejo. Aprender a decodificar los símbolos es fácil, pero toma tiempo. A un niño le toma varios años, pero comprender todo el sentido que tiene la lectura no es un proceso fácil, porque exige niveles de abstracción cada vez mayores y porque no siempre utilizamos los mejores métodos para hacerlo. ¿En qué sentido? Si seguimos toda la pauta escolar, uno puede acostumbrarse a leer lo necesario: “Tengo que aprender castellano, un curso de historia, un curso de geografía, paso por la universidad”. Pero eso no me crea el hábito de leer. Eso me crea la facilidad para acceder a los símbolos, es cierto, y yo leo estrictamente lo necesario para mis cursos, bien sea primaria, secundaria o la universidad; pero este mundo es un mundo complejo, donde lo que está cambiando cotidianamente es el conocimiento. Y la persona que no tiene predisposición a abrirse, no desarrolla la inteligencia lingüística. Entonces, quien no se abre a otros campos del conocimiento y no siente cariño por la lectura, quien no tiene predisposición para la lectura, se limita a lo estrictamente necesario. ¿Qué tenemos entonces? Tenemos que la gente no lea más allá de lo obligatorio. Y esto es una tragedia, porque quiere decir que en esa persona no se ha instalado el hábito de leer, que es una predisposición a estar hurgando y buscando más información en forma permanente.

Esto es grave porque ocurre no solo en los escalones más bajos, sino también en la universidad. Hay una investigación que demuestra que 80 de cada cien universitarios son analfabetos funcionales y no están entendiendo lo que leen. Entonces, cuando tenemos profesionales que no comprenden lo que leen, que no tienen el hábito de leer, y cuando vemos que esto se repite en toda la escalera social, es muy peligroso.


¿Cómo se instala el hábito de la lectura en las personas, cómo lograremos que sea un placer y no una obligación?

-- Esa es precisamente la lucha de Promolibro. Tenemos que llevar, en primer lugar, los libros adecuados para la población. Algunas personas inician sus hábitos de lectura con fútbol, pues hay que llevarles libros de fútbol. Otros se inician con literatura, otros con manuales de carpintería, con comics. Y por allí se va instalando el hábito. Nosotros tenemos un modelo: llevamos libros a los colegios, pero no los ponemos en la biblioteca sino en el patio del recreo. ¿Para qué? En el patio de recreo se acerca al libro el niño que quiere leer. Si no le da la gana, pues no lee. El niño que quiere leer, solito comienza a descubrir “su” libro, el libro que sí le agrada. Y entonces, nuestra tarea es traerle la siguiente vez un libro parecido a ese. Porque esa es su veta, esa es su preferencia. Y él no va a instalar el hábito hasta que encuentre su libro. Es lo mismo que pasa con los amigos: un padre no puede imponerle a sus hijos las amistades.


¿Promolibro hace un seguimiento personalizado de cada uno de los lectores, entonces?

-- Eso a lo que aspiramos, pero para ello necesitamos muchos voluntarios, porque no nos damos abasto. Imagínese que tuviésemos que cubrir todos los espacios: tenemos módulos en comisarías, Vaso de Leche, cárceles, mercados, en todas partes. Puede haber un funcionario rondando, pero necesitamos cientos de personas involucradas. Un padre tiene que dejar de ser el autoritario y convertirse en el amigo de su hijo con los libros. Y, entonces, el padre qué tiene que hacer: tiene que actuar como voluntario de Promolibro. ¿Qué le decimos al papá? “Mira, nosotros hemos detectado que éste es el tipo de libro que le gusta a tu hijo. Pero si tú vas y le dices, lee este otro libro, no lo va a hacer. Déjale ahí los libros, en el camino, que él solito los va a encontrar. Sin decirle autoritariamente: Léelo. Tú tienes que ser amable con el niño, dejar que él escoja lo que quiere leer, ver qué prefiere y solito va a empezar, porque así nacen los hábitos, así nacen las costumbres.”


Las cifras de Promolibro indican que el peruano lee, en promedio, un libro por año. ¿Qué va a pasar con un país que lee tan poco?

-- Lo peor que nos puede pasar es que no sintamos que necesitamos leer. Yo conozco funcionarios, profesores universitarios, que dicen: “No, yo no necesito leer”, “Yo soy alcalde y no leo”, “Yo soy ingeniero”, “Soy fulano de tal y no leo. ¿Para qué?”


En los casos que usted refiere, ¿cómo se da la aproximación al conocimiento?

-- No hay aproximación: te quedaste con lo poco que aprendiste en la universidad, la batería se cargó un poquito y con eso pasas toda tu vida. Por eso es que no tenemos imaginación, no creamos nada, por eso nos hemos quedado tan atrás. Entonces, es necesario romper eso. En los últimos años hay un cambio de actitud: los diarios han sacado como 40 millones de libros, que usted ve en lo quiscos, que se venden barato, colecciones que la gente compra.


Pero, ¿los compra y los lee, o los guarda como adorno de sala?

-- Ese es otro problema. Pero, bueno, ya hay un cambio de actitud. A nosotros todos los días nos piden libros, de todas partes. Y nosotros decimos: Tú quieres libros, perfecto; pero tienes que acompañarnos, déjanos acompañarte para que los leas, para que los lean.


¿Los libros que ustedes distribuyen se concentran en el colegio, en la comunidad?

-- Nuestra dinámica es la comunidad. El Ministerio de Educación está haciendo un enorme esfuerzo por poner bibliotecas escolares, lo mismo que el Plan Lector, que es un esfuerzo interesantísimo; pero en el caso de Promolibro, nuestro ámbito es la comunidad, los padres. Porque cuando ponemos libros en los colegios, ellos se comprometen a sacar los libros a la plaza, el sábado y el domingo. Nuestro objetivo es sacar el colegio a la comunidad, hacer que la comunidad lea. Entonces, los sábados y domingos, en el parque más cercano al colegio, ¿quién lee? El papá, el profesor y el alumno. Allí, por primera vez los tres leen juntos. Cuando se produce eso, se desata una química interesantísima, que el chico vea a su padre y a su profesor leyendo con él es una cosa interesantísima. Y encima que ni el profesor ni el padre le digan al chico “Oye, lee esto”, sino que él lea lo que le da la gana, eso es un buen punto de partida, un gran paso adelante. Entonces, nuestro trabajo está básicamente en la comunidad, en todos los sectores sociales organizados que piden libros.


Las deficiencias en la comprensión, ¿no constituyen un problema que trasciende el tema de la promoción de la lectura?

-- Si antes éramos 90 por ciento de analfabetos y solo 10 por ciento de alfabetos, el haber revertido la figura nos pilló desvestidos. En términos de largo plazo, hemos dado un vuelco histórico: hoy somos 90 por ciento de alfabetos. ¡Qué lindo! Pero, de la noche a la mañana no se hacen milagros; ahora hay que meter muchísimos recursos para que ese 90 por ciento no caiga en el analfabetismo funcional.


¿De cuánto tiempo estamos hablando?

-- En un lapso de diez años tendremos una generación lectora, jóvenes en la universidad, y que ya están ingresando al mundo universitario realmente en mejores condiciones. El problema que tenemos es con los adultos, la resistencia terrible de los padres, la resistencia terrible de los funcionarios a leer, ese es un problema para los chicos. Ellos no leen y la tragedia nuestra es que todavía no sentimos que por no leer somos personas incompletas. Jorge Luis Borges decía que el hombre que no lee está muerto, simplemente no existe.


Y, entonces, ¿vale la pena concentrar esfuerzos en ese grupo, en esa generación que no lee?

-- Vale la pena porque son los que mandan, son los que hoy toman las decisiones en el país. Los que tienen el poder en este momento son los que no leen. Y eso es una tragedia porque no entienden todo lo que se necesita para promover la lectura. Yo no conozco un funcionario, un político o empresario que no reconozca que la lectura es importante, pero a la hora en que uno le dice: “Hermano, pon un poco de dinero”, no ponen nada. Porque piensan que es importante la lectura, pero que no tiene tanta prioridad. Pero, eso es mentira: la lectura es primera prioridad. Entender lo que decía Borges es clave para seguir avanzando.


Cuando hablamos de la importancia de leer, ¿estamos hablando del formato libro o de cualquier otro soporte?

-- El formato puede ser el libro o todo lo demás junto. El libro tiene una ventaja: tú puedes caer en la red de la informática, pero te pueden dar contrabando, te dan cualquier cosa. ¿Quién discrimina lo que puedes leer en la red? Nadie. Cuando tú le dices a un niño: “No leas al pato Donald, lee a Cholito, porque Cholito te habla de los peruanos”, es porque tus referentes empíricos son conocidos. Entonces, el libro de alguna manera es un pasaporte controlado por ti, con filtros de calidad. Y para poder competir con la televisión, el libro tiene que ser a color, con letras grandes, con mucha fotografía. Si no, la gente no lee. Usted puede hacer una revista impecablemente redactada, pero la gente no la lee. Ahora, tienes que competir con los medios gráficos, si no, los chicos no leen. Una persona que empezó con los libros y tiene una buena cultura lectora es más fácil que pase a los demás soportes, es más fácil que hacer el camino contrario. El libro es más riguroso, tiene más seguimiento, tú lo puedes hacer una prolongación de ti.


¿Qué avances hay en el esfuerzo por abaratar el acceso al libro?

-- En un país de 28 millones de habitantes, el que la edición de un autor tenga 500 ejemplares y que ni siquiera logre venderlos, demuestra que algo grave está pasando. Mientras eso siga siendo así, seguiremos teniendo ediciones pequeñas y libros caros. Entonces, para el Perú es de vida o muerte que crezca la lectura, hay que apoyar a los editores y fomentar una política de compra de libros accesibles.


¿Qué es lo accesible en una economía como la nuestra?

-- Mire usted, los editores peruanos han demostrado que se pueden fabricar libros de diez soles, hasta de cinco soles. Los editores peruanos están fabricando hermosos libros baratos, eso hay que saludarlo. Lo mismo lo diarios: hoy usted consigue una novela por ocho soles, diez soles. Antes era una distancia mayor. En ese sentido, la revolución tipográfica permite abaratar costos.


Pero, la lista de libros para el colegio no baja de 500 soles…

-- Bueno, ese es ya otro problema. Pero estamos hablando de otra política. Yo le digo que hoy sí es posible, con los términos económicos actuales, fabricar libros baratos.

Lo que le digo es: ¿por qué esto es tan importante? Porque hoy inundamos el país con libros fabricados en Lima, que no son los más adecuados para iniciar en la lectura a los muchachos de Espinar, La Convención, Quillabamba, Hualgayoc. Porque el niño que se inicia debe tener referentes. Pero sí hemos encontrado que en cada provincia hay una gran cantidad de producción local que no se está incorporando. Y ese es el siguiente paso.


Hablando de los referentes, ¿eso significa que los clásicos ya no son útiles para realidad más concretas? ¿Ya no sirven Sandokán de Emilio Salgari, Tom Sawyer de Mark Twain?

-- Enfoquémoslo de otra manera: ¿cuántos se quedaron en el camino porque no pudieron cruzar el umbral de imaginarse lo que no conocían? Y cuántos no pudieron ingresar a esos libros. Los que lo consiguieron, qué maravilla. Pero, ¿cuántos fuimos? Poquísimos. De lo que se trata es de rescatar a todos, porque el libro es conversar, porque cuando usted conversa con alguien que desborda en imaginación, usted se queda fascinado. Pero la gran mayoría no tiene esa facilidad de imaginar.


Uno debe tener la caja de herramientas bien equipada.

-- Si, claro, la caja de herramientas que trae de la casa, de la escuela, de sus padres, de la gente que lo indujo a leer. Pero, piense que el 90 por ciento de la población está desvalido, no tiene un mundo cultural rico. Usted sale de Lima y qué encuentra: no hay bibliotecas, no hay libros, no hay vida cultural, no hay nada. Entonces, ¿cómo los incorporas si tu único anzuelo es el libro? Si ese chico no tiene un patrón familiar de lectura, está solito. Pero, el 90 por ciento de peruanos ahora sí quiere hacerlo. Antes, la gente que leía era un grupo de privilegiados, pues.


Con un enfoque más amplio, ¿podríamos decir que fomentar la lectura es también luchar contra la pobreza?

-- Así es. La única forma de luchar contra la pobreza es dando otra condición a nuestra gente. Antes, la escuela era un lugar donde estaba solo el 10 por ciento de la población y el 90 por ciento estaba fuera. Ahora, el 90 por ciento está adentro y solo el 10 por ciento está fuera. Pero, hay escuelas y escuelas. Hay algunos que tienen escuelas que te dan toda la capacidad de lectura y otras que no te la dan. Entonces, la exclusión puede definirse también en función de la escuela, del acceso a la educación.


Los periódicos estamos involucrados también en este problema de la lectura. ¿Cómo damos el salto hacia lecturas "más edificantes"?

-- Los diarios tienen una gran responsabilidad por ejemplo a la hora de otorgar valoraciones sociales. En Otuzco, toda la gente se ha organizado para tener su biblioteca comunal y los sábados y domingos todo el mundo se va al campo a leer: padres, hijos, mujeres, ancianos. Y esto no es noticia en los diarios.

Pero si nosotros, a estos campesinos les pusiéramos una foto en primera plana, con un titular que dijera “Un buen ejemplo en Otuzco”, yo le aseguro que al día siguiente todos los alcaldes empezarían a imitar a Otuzco. Lamentablemente, la prensa no valora este esfuerzo.

Tenemos decenas de comisarías que se han convertido en bibliotecas. No ha salido una sola nota de prensa felicitando a los policías por este acto. Nadie los reconoce, no hay una valoración social de esto. Mira, no le demos dinero, pero por lo menos una línea que dijera “Qué bien lo que hacen en la comisaría tal”.

En Argentina se reparten 20 millones de libros gratuitamente a la población. No son libros que los da el Estado sino la empresa privada. Y lo interesante es que cada vez que se entrega un libro, toda la prensa está encima. Eso es lo que nos falta.

Cada reportaje que hacen ustedes a la gente que está haciendo silenciosamente todo esto --los padres, los maestros, los promotores, los voluntarios--, es un buen punto de partida. La valorización social de la lectura es un componente esencial para un país que no tiene recursos.


miércoles, 15 de abril de 2009

Julio y yo: las siete diferencias



Estas dos fotografías, que a simple vista parecen concebidas con el mismo propósito, esconden siete diferencias. Por razones obvias, no vayan directo a lo evidente: Julio tiene hoy más de setenta años, yo apenas rozo los cuarenta; el divo está solo, yo estoy rodeado de mis amigos; su cabello es ondeado, el mío luce más lacio que de costumbre; Julio está con las manos vacías, yo tengo una apetitosa “chela” heladita; el cantante posó con terno y corbata, yo tengo la camisa negra --como la de Juanes--; para Julio, la foto es parte de su trabajo, para mí,es solo sacarle el jugo a la vida.

Me van a disculpar pero el estilo de sentarnos es el mismo; no por casualidad los dos tenemos la pierna derecha cruzada sobre la rodilla izquierda; los pantalones son igualitos; y las sillas, salvo el color, son súper parecidas. La sensación de control que transmitimos los dos es idéntica. Y, por si fuera poco, los dos tenemos la misma suerte en los asuntos del corazón. Como decía “Pelo” Madueño cuando cantaba en “La Liga del Sueño”, apuntando con sus maracas al público reunido en el Sargento Pimienta: ¡Suerte en el dinero, suerte en el amor!

Mi amigo Carlos, el que aparece detrás, levantando una caja de cervezas, fue operado hace poco más de medio año. Le encontraron una neoplasia maligna y tuvieron que extirparle casi dos metros de intestino. Él es médico y no hay manera de dorarle la píldora. Sabe lo que tiene y, con cierta dosis de idealismo, sabe también que buena parte de su recuperación depende de él. De mi experiencia en estos cuatros años como paciente oncológico, lo único que puedo decirle es esto: “Carlos, para adelante, no mires hacia atrás ni un segundo, tú sigue adelante”.

¿Qué más les puedo decir? Muchachos, muchachas, háganse un control oncológico por lo menos una vez al año. Aquellos que fuman, paren la mano con el tabaco; aquellos que comen ají hasta por gusto, paren la mano con el picante. Y tomen un seguro privado. Aun cuando la atención de los médicos en el Seguro Social es de primera, allí nadie los salva de las colas inmensas para los análisis de sangre, para los rayos X, para las tomografías, para las aspiradas de médula ósea. El Oncosalud está alrededor de 250 soles al año. Páguenlo con la “grati” de diciembre. Vivirán más tranquilos, lo cual --de pasadita-- reduce el riesgo de cáncer.

Para terminar, el que encuentre las siete diferencias, puede reclamar su premio enviando un mensaje de texto con la palabra “Julio y yo” al RPM (*) 24-44-39. Suerte.

domingo, 12 de abril de 2009

“Chemo”, a remar más fuerte


Imagino a mi querido “Chemo” Sánchez celebrando a esta hora del domingo el triunfo del “Ciclón del Norte” sobre la “U”. Él no es chiclayano ni creo que tenga simpatías especiales por Franco Navarro, el entrenador de Juan Aurich, ni por el “Loco” Delgado, arquero de los rojos en esta temporada.


En realidad, el “Chemo” es aliancista de corazón y fanático de profesión. Como editor de la página de Deportes, lo he sorprendido más de una vez titulando en función de Alianza Lima sin que los “grones” tengan nada que ver en el asunto.


Una vez empataron San Martín y César Vallejo en Trujillo, y el “Chemo” me salió con un titular extraño: “Santos y poetas jugaron para Alianza”. El año pasado, cuando los victorianos estaban en riesgo de perder la categoría, Cristal le ganó al Boys y el “Chemo” quería titular así: “Alianza cada vez más lejos de la baja”.


-- Chemo, pero Alianza no ha jugado hoy, ¿por qué tienes que meter a tu equipo en el titular?–, planteé mis reparos, como jefe a cargo de la edición de los sábados.

-- No, pues, hermano, tienes que ver el efecto de la noticia, tienes que sintonizar con el interés del público–, me salió con una gambeta a lo Jhonnier Montaño.


Me cae muy bien el “Chemo” Sánchez, pero igual le cambio los titulares cuando se deja ganar por su fanatismo. Como editor de Deportes, él sigue las transmisiones del fútbol en un televisor ubicado en la parte posterior de la redacción de El Peruano. Y, de cuando en cuando, escucho sus gritos destemplados cuando cualquier equipo le hace un gol a Universitario. “Oye, ¿tú no eres hincha de Alianza? ¿Qué haces celebrando el gol de Intigas?” Siempre retruca con cosas graciosas: “Mi hermano, soy hincha del fútbol.”


El otro día llegó al colmo de celebrar un gol del Bolognesi de Tacna contra el Aurich de Chiclayo. Como los dos equipos son rojos, al Aurich le tocó jugar de blanco. Pero como “Chemo” no se había percatado de ese detalle, saltó de su asiento cuando vio que un delantero rojo metió la bola en el arco blanco. Pensaba que era gol del Aurich, con lo cual hubiera desplazado a la “U” de la punta del campeonato. “¡Oye, ahora eres del Bolo, carajo!”, le grité desde mi escritorio. Recién entonces se dio cuenta de que el gol había sido de los tacneños.


El domingo por la madrugada, tres sujetos asaltaron al “Chemo” Sánchez cerca de su casa. Querían subirlo a un carro, pero como él no se dejó, lo golpearon a lo bestia. Quedó con heridas y hematomas por todo el cuerpo. Mis saludos para mi querido Juan Sánchez. Que se mejore pronto y que este triunfo del Aurich le sirva para alegrar un poquito más su fin de semana. A los “merengues” solo nos queda esperar la siguiente fecha, para remar más fuerte rumbo al título.

viernes, 10 de abril de 2009

¿Antonella o Los Caribeños?

No tengo nada contra la cumbia norteña, pero no me vuelvas a pedir que baile un “Solo tú” interpretado por Los Caribeños. La verdad es que me alegra que los grupos locales consoliden su trabajo con auditorios repletos de gente y presentaciones a lleno total, pero no me pidas tanto sacrificio.

La vez pasada, en el cumpleaños de tu mamá, hice lo que pude sobre las losetas. Tú sabes que yo no tengo el don de la danza y, encima, si no le encuentro sentido a la letra, me pongo torpe en las vueltitas, los giros y las palmaditas. Peor aún, cuando algunos salvajes se ponen a aplaudirte, gritando “¡Abajo, abajo, abajo!”, me entran unas ganas de carajearte por exponerme a tamaño ridículo.

A veces, cuando pasas en carro frente a una casa donde hay fiesta, consigues ver cómo se contonean las parejas, pero no escuchas la música. ¿Qué es lo que ves, en el fondo? Yo veo gente tratando de relativizar el peso de sus penurias.

Es como esas secuencias de las películas que te retiran el sonido ambiental para ponerte una musiquita que acompaña los pensamientos del personaje. Es un recurso dramático que he visto en más de una ocasión en escenas de guerra, cuando un balazo le perforó el hígado al héroe. Mientras siente que la vida se le escapa con un chorrito de sangre tibia, el tipo sigue observando el combate, pero su mente está en otro lado, recordando sus maldades y sus momentos gratos, pensando en sus hijos y en lo que dejó por hacer.

Por todo eso, me resulta imposible bailarme un “Solo tú” interpretado por Los Caribeños. He leído en Youtube algunos comentarios de gente que sostiene que la versión de los músicos de Guadalupe es mejor que la original, de Matía Bazar.

Como no existe delito de opinión, me abstengo de atizar el debate. Pero para que no queden dudas, pongo a consideración del respetable –así nombran al público los comentaristas de deportes, ¿cierto?— el clip de Antonella Ruggiero cantando el temita en mención, allá por 1977, y la interpretación de los muchachos del norte. Videito manda.




La suerte del principiante


A la edad de seis años, los únicos viajes que tenía en mi cuenta eran dos: el Callao-Chincha en los brazos de mi madre, a los pocos días de mi nacimiento; y el Chincha-Lima, en el Ford Taunus amarillo con techo negro de mi papá, cuando nos mudamos para siempre a la capital.


Años después, mis hermanos y yo tuvimos unas vacaciones cortas en Pacaynigua –no sé si se escribe así, pero el lugar era lindo—, una de las quebradas que bajan del oeste de Ayacucho hacia las pampas de Nasca. Mi mamá fue profesora en esa zona y conservaba algunos parientes y amigos que nos recibieron con todo gusto.


Me acuerdo de estas salidas de infancia por simple comparación. Álvaro y Juan Pablo se han ido con su mamá a Santiago de Chile, a pasar los feriados de Semana Santa con mi hermana Patricia, mi cuñado Josías y mis sobrinos Rodrigo y Ximena.


En el tema de los viajes, a Álvaro le ha tocado la suerte del principiante. Tiene apenas seis años y ya conoce Cajamarca, Ayacucho, Tarma, Chanchamayo, Pichanaki, Huaraz, Yungay, la ciudadela de Caral, San Miguel de Acos, Antioquia, Cruz de Laya, Supe Puerto, el Parque Nacional del Huascarán, Canta y Obrajillo, Santa Rosa de Quives, Licahuasi, la ruta Pachacamac-Cieneguilla por Pampa Flores, la gruta de Huagapo, una parte de Huancavelica, la pampa de la Quinua, Huanta, las cataratas de Boyuz, San Pedro de Cajas, el santuario del Señor de Muruhuay y el complejo Chavín de Huántar; se ha paseado en canoa por el río Perené y ha hecho la vuelta Chucuito-La Punta en bote a motor; conoce Sayán, Huaura y Andahuasi; se ha ido a Churín, conoce el sitio arqueológico de Las Shicras –en plena excavación— y ha subido solito los cerros para conocer los petroglifos de Checcta; ha visto la niebla espesa en la subida a Conococha y en la variante de Pasamayo; sabe lo que es una granizada rumbo al abra de Apacheta y ha tocado la nieve en Ticlio. Hace tres días, por fin, cumplió su sueño de viajar en avión.


Muchos de esos momentos los tiene registrados en fotos, tanto en papel como en soporte electrónico, y muchos otros permanecerán en su memoria solo por un tiempo, hasta que los olvide sin vuelta atrás.


Estoy seguro de que conocer el país, aunque sea por visitas cortas, hará que los dos se sientan orgullosos de su condición de peruanos. Y cuando les toque salir, tendrán como respaldo el saberse herederos de un país hermoso, rico en historia, prometedor en economía, fascinante en cultura y generoso en cariño.

jueves, 9 de abril de 2009

Algunas cuestiones de hecho


1º. ¿Está probado que la amistad no se crea ni se destruye sino que, lo mismo que la materia, sólo se transforma y no se modifica según los estados de ánimo, porque es más intensa que la tentación del olvido y la monotonía de lo cotidiano?
- Si lo está.

2º. ¿Está probado que el cariño y los afectos se cultivan con los detalles y se fortalecen con el paso del tiempo si son recíprocos, y que ni siquiera una ofensa grave por acción o por omisión puede eliminarlos de golpe?
- Sí lo está.

3º. ¿Está probado que los amigos –en el mismo grado que los padres, los hijos y los hermanos—, están de nuestro lado en las buenas y en las malas, para reconfortarnos ante la adversidad y para compartir nuestras alegrías?
- Si lo está.

4º. ¿Está probado que, sin importar las distancias, cada reencuentro con los amigos supera en intensidad al anterior, y que el lugar y la hora son lo de menos, porque lo único que cuenta es comprobar que seguimos unidos?
- Si lo está.

5º. ¿Está probado que aquello que nos une no es solo la nostalgia de los años que nos tocó vivir juntos sino el placer de reconocer que avanzamos, cada a uno a su manera y con sus propias fortalezas, dificultades y debilidades?
- Sí lo está.

6º. ¿Está probado que cada uno de nosotros toma para sí lo mejor de los amigos y que, entonces, conversar en grupo resulta, de alguna manera, la agradable confrontación de uno mismo con lo vivido, lo sufrido y lo aprendido?
- Si lo está.

7º. ¿Está probado que aquello que no se puede decir con palabras se expresa mejor con un abrazo o una sonrisa y que, por lo tanto, la amistad no es más o menos intensa según lo que se diga, sino según lo que se haga?
- Sí lo está.

8º. ¿Está probado que los amigos que se fueron del Perú están igual de cerca, en nuestros corazones, que los que seguimos en esta ciudad y que los recibiremos con los brazos abiertos cada vez que se animen a regresar?
- Sí lo está.

martes, 17 de marzo de 2009

Yo también fui pelado


Todo ese año estudié en la academia Sigma. Mi mamá quería que fuera ingeniero. A mí, la verdad, la trigonometría y la física me tenían sin cuidado. Faltando poco para el examen de admisión, me aprendí de memoria la tabla periódica de los elementos químicos y pude por fin citar, como quien declama, las fórmulas del hiposulfito de calcio, el ácido nítrico y el nitrato de arsénico. Era un mundo de abstracción donde todo podía resumirse en una fórmula matemática. Aparte del examen mismo, la única oportunidad en que todo ese conocimiento me fue útil se me presentó cuando leí las leyendas de Francisco El Hombre y los alquimistas que visitaban Macondo de tiempo en tiempo. No había nada que descifrar. Era simple acercamiento a una verdad distante.


En toda esa temporada de 1983, armé grupo con varios muchachos, entre los cuales estaban dos postulantes profesionales: “Amigov” y “Pitágoras”. Sus nombres no los recuerdo. A “Amigov” lo llamábamos así porque era alto y blancón y le habíamos creado una pequeña historia. Supuestamente, era ruso y venía enviado de Moscú, con el objetivo de conocer el sistema preuniversitario en un país del Tercer Mundo, aliado de la Unión Soviética en los tiempos pre glassnot. Por eso, nunca ingresaba: su misión era conocer el mundillo de las academias de preparación. “Pitágoras”, en cambio, era chato, llevaba unos bigotes bien recortados y pretendía resolver todos los problemas sobre tangentes y cotangentes aplicando a su manera la fórmula clásica: la suma de los cuadrados de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa. Pero a la hora del examen, la mayoría de las preguntas giraba en torno a otras cosas. Y así, “Pitágoras” se quedaba siempre en la puerta del horno.


Había también un chico con acné belicoso. Supongo que la tensión por lograr el ingreso a la UNI acrecentaba su crisis de granitos. Algunas tardes, él llegaba con una capa de crema rosada cubriéndole la piel de oreja a oreja. Yo tuve un poco de suerte. Me preparé a medias, con la seguridad de que aunque no ingresara a la UNI en marzo, todo lo aprendido en la Sigma me serviría para pasearme en el capítulo de ciencias cuando me tocara postular a San Marcos. Pero ingresé a la primera, a la facultad de Ingeniería Económica.Y fue así como empecé mis cursos de geografía económica, ciencias sociales, urbanismo, metodología del trabajo intelectual y, por supuesto, matemáticas uno y matemáticas básicas. No aprobé ninguna de las dos matemáticas, pero la vida universitaria era para mí otra cosa. Para empezar, me daba cierto estatus en el barrio, donde muy pocos habían pisado un campus o un aula con graderías tipo estadio.


La tarde en que la UNI publicó los resultados del examen de ingreso 1984-I en los muros del pabellón central, me acompañaba Miguel Ríos. Ahora él es alcalde distrital de Carabayllo, pero entonces era alumno de Ingeniería Civil y estaba a la espera de que algún conocido esbozara una sonrisa delatora frente al listado de los ingresantes, para agarrarlo por el pescuezo y empezar a llamar a la turba, a gritos: “¡Cachimbo, cachimbo!”. Yo tuve tiempo apenas para pedir que me dejaran sacar mis documentos del bolsillo del pantalón, antes de que me arrojaran a la pileta. No sé por qué motivo, ese día fui a ver mis resultados con unas botas marrones. Cuando pude ponerme de pie, me di cuenta de que aún faltaba la segunda parte. Unos forzudos, de esos que paraban todo el día en el gimnasio de la UNI, me esperaban con sus tijeras filosas. Salí de la pileta con mis botas mojadas, chorreando agua por todos lados, y así, paradito frente a los fortachones que se jaraneaban trasquilándome a su antojo, supe que ya estaba en la universidad.


Hace dos semanas, Álvaro y Juan Pablo se han cortado el cabello a cero. Querían empezar su año escolar con las cabezas rapadas. No los entiendo. De chico, yo detestaba que me pelaran. A mi hermano Lucho y a mí, mi papá nos sentaba en una silla de madera en el segundo piso de la casa y nos pasaba la maquinita de abajo hacia arriba hasta dejarnos calvos. De grande, la única vez que volví a estar pelado fue cuando ingresé a la UNI, en mis tiempos de cachimbo 84-I.